—Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas bromas.
Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado, diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince días críticos subsiguientes a la operación.
Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones, el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre, al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen señor en condolerse de aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos que rayaban en mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy satisfecho que la cicatrización iba perfectamente, y que pronto la cojita sería dada de alta. Coincidió con esto una resurrección súbita del espiritualismo de la inválida, que una mañana, como descontenta de sí misma, dijo a D. Lope:
—¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy portando...!
—No te apures, hija mía —replicó con donaire el viejo galán—. Los seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta, y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos. Díctame: soy tu secretario.
—No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro palabras.
—A ver; ya estoy pronto —dijo Garrido, pluma en mano y el papel delante.
—«Pues como te decía —dictó Tristana—, ya no tengo más que una piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., ya...»
—¿Qué..., no sigues?
—Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas dictando.