—Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu gusto (dándole la pluma, y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel). ¡Qué...! ¿tan premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se han ido?

—¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.

—¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... No, no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» Pero ¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o no lo esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora, y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un poquito cursi... «Pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas..., me han salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y ainda mais, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que aprenda a tocar música buena... Ya verás... Comparados conmigo, los ángeles del cielo serán unos murguistas...»

Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió hiriendo aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la conversación, diciendo con toda seriedad:

—No, no; yo escribiré..., yo sola.

Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y sentida.

«Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta ti con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de los de la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta otro día.»

Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola a Saturna, que, al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un momento, la criada se franqueó en esta forma:

—Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse presente D. Lepe. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla al correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta noche.

Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro. No supo qué decir, ni se le ocurría nada.