—Te equivocas —dijo al fin—. Habrás visto a alguno que se le parezca.

—¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo. Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, y que aquello es muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le conté todo, y el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía con los ojos cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope para cantarle clarito.

—¡Cantarle clarito!... ¿Qué?

—Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo arreglemos aprovechando una salida del señor...

Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.

—Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.

—No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (echándose a llorar). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que tengo? Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.

Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a menudo, movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias llenaba de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes de la enfermedad de la niña consumieron los míseros restos de su esquilmada fortuna, y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir..., Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo, con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza... Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.»

En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. Lepe las horribles amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás, sino también el organito o armonium que le había prometido, para que se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres. En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio, suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento, menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma. Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.

—Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna?