Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje para que escogiese.
El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la dificultad.
—¡Pero, señor —dijo Saturna—, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme y le traigo...
Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido pensamiento.
—Haz lo que quieras, mujer —indicó D. Lope, alzando los hombros—. Por mí...
Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje, bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.
XXV
Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante, como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas. Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce, mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo servicio en la casa.
—Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural... Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice que tiene el corazón grande?
—Saturna —replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del cuchillo—, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente está.