—Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos, hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don Lepe, digo, D. Lope..., y...
En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
—¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma, con tus cincuenta...
—¡Cincuenta! Quite usted jierro, señor.
—Pongamos treinta... y cinco.
—Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
—Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.
—Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? —dijo la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los brazos en jarras.
—No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...?
—Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.