—¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?
—Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó. Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más remedio que reconocer que el pintorcito...
—No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el pintamonas sea un guapo... relativo.
—La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La juventud es juventud.
—Bueno... pues le quiere... Lo que yo te aseguro es que ese muchacho no hará su felicidad.
—Dice que no le importa la pata coja.
—Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la niña no espera su felicidad de semejante tipo...
—¡Señor...!
—Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas. Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de una imaginación ardiente... Está enamorada...
—Eso ya lo sé.