—No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no puede existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta de palique; tráeme el café.

Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.

—Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con buen fin.

—Pues que venga. Se irá con mal principio.

—¡Ay, qué tirano!

—No es eso... Si no me opongo a que se vean —dijo el caballero encendiendo un cigarro—. Pero antes conviene que yo mismo hable con ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y decirle... ya, ya sabré yo...

—¿Apostamos a que le espanta?

—No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo. Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas tardes... mañana. Estoy decidido. (Paseándose inquieto por el comedor.) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le traje los pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más juguetes. Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora que no soy un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis culpas, y merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...

—Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da por asustar a ese pobre chico...!

—Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda, que saldré exprofeso una tarde para que él entre, y puedan hablarse, como una media hora nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no lo permite. Pero yo estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al otro, y oír lo que charlen.