—¡Señor...!
—¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.
—Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D. Horacio tiene mucha prisa...
—¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.
—No se burle.
—Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...
—Su tipo... el tipo de una, supongamos...
—Tú sí que eres tipo (soltando la risa). En fin, no se hable más. La preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.
A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero, Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D. Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»
La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué actitud tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien podría llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a D. Lope según los aires que este llevase. Después de los saludos y cumplidos de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, mirando al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de un trato pasajero, impuesto por la casualidad.