—Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija, la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no he podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima amputación, quiero alegrar sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible, y dar a su alma todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu necesita juguetes. La pintura no acaba de distraerla... la música tal vez... Su insaciable afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...
—De modo, Sr. D. Lope —dijo Horacio con gracejo cortés—, que a mí me considera usted juguete.
—No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve, muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.
—Dispénseme, señor mío —dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre él, encogiéndole el ánimo—, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y menos la que por ella siento.
—Pues por eso no hemos de reñir —replicó Garrido, acentuando más la urbanidad y el desdén con que le hablaba—. Yo pienso lo que he tenido el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello. ¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma, ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.
—Me parece muy bien —afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo—. Estoy a sus órdenes.
Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio. En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron, prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la tarde siguiente las vistas con la pobre inválida.
XXVI
«¡Qué pedazo de ángel! —decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio—. Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de amarla hasta la muerte, con patita o sin patita... Nada; que esto es cosa concluida... Creí encontrar un romántico, con cara de haber bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada... como la pierna.»
El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación, tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía a ser como una voluptuosidad de aquel amor sutil, que pugnaba por desprenderse de toda influencia de los sentidos.