En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días, resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa que todo sentimiento la embargaba. «Ahora —se decía— veré cómo es, me enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»

Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído. Y después... ¡qué cara, qué tez, qué color como de bronce, bruñido por el sol!

—¡Cuánto has padecido, pobrecita! —dijo Horacio, cuando la emoción le permitió expresarse con claridad—. ¡Y yo sin poder estar al lado tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi Paquilla de Rímini en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; mi tía tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.

—Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? —repuso Tristana recobrando al instante su serenidad—. Cuadro tan lastimoso te habría desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.

—¿Qué importa, vida mía? —dijo el pintor, por decir algo.

—Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer día he de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio tengo...?

—Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...

—No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...

—Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu, la inteligencia, no ha sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni las proporciones admirables de tu busto... tampoco.

—Cállate —dijo Tristana con gravedad—. Soy una belleza sentada... ya para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada más.