—Por mi gusto —le dijo—, no me separaría de ti hasta mañana..., ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu viejo me permitirá repetirlas todos los días.
Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que, aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista, quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y se fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse en el cuarto del galán caduco, y allí charlaron de cosas que a este le parecieron de singular alcance.
Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana, lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto, discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.
—Porque, mire usted, amigo —le dijo en tono campechano—, yo..., y no se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...
—¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo consentir...?
—Tómelo usted por donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una indelicadeza proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad de Tristana? Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y después seremos más amigos.
—¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que no tengo vergüenza!
—¡Don Lope, por amor de Dios!
—Don Horacio..., basta.
—Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a mi amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en su género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano, comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin, corra de mi cuenta el profesor?...