—Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero Díaz.
—¿Por qué?
—Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes o pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de música.
—Don Lope..., déjese de distingos.
—A ese paso llegaría usted a proponerme costearle la ropa y a señalarle alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para mí... a menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.
Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.
—Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso, los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su alma.
—Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero poseo lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que usted...
Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:
—Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de casarse con ella.