—¡Casarme!... ¡Oh!... no —dijo Horacio, desconcertado por el repentino golpe, pero rehaciéndose al momento—. Tristana es enemiga irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?
—¿Yo?... No.
—Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las mujeres superiores, ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.
—Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede aceptar, porque lo veda el decoro.
—Y quedamos —dijo Horacio despidiéndose— que vendré a pintar un ratito con ella.
—Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la cama.
—Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?
—¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel hermoso país.
—¡Ah!, no, no —dijo Horacio frunciendo el ceño—. No le gusta el campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.
—Ya, ya... (estrechándole las manos). Pues venga usted cuando bien le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...