—Sí—dijo Salvador—. Me dijeron que estabas muy solo, y he venido a hacerte compañía.
—No la necesito—replicó Carlos con desprecio—. Yo creía estar ya libre de tus beneficios, y vienes otra vez con ellos.
—No los aceptes si no quieres. Cuando me lo mandes me marcharé.
Diciendo esto Salvador buscó con sus ojos una silla; pero como no era fácil que la encontrase aunque la buscase con los ojos de todo el género humano, sentose a los pies de la cama.
—Bueno, pues ahora mismo. Temo que tu presencia me estorbe para encontrar el sitio más a propósito para la batalla... Vete, ya estoy turbado, ya se me han ido las ideas, ya no sé lo que pasa en mí. Tú tienes la culpa, tú, que hace tiempo te has propuesto trastornar todas mis ideas.
—¿Sabes—dijo Salvador—que estás muy mal alojado?
—Me encuentro bien aquí. Cuando mejore de mi herida...
—¿Estás herido?
—Sí... el lado izquierdo... poca cosa... Cuando mejore, seguiré mi camino, y hallado el sitio más a propósito...
—Ven conmigo, y yo te aseguro que encontraremos juntos el mejor sitio para esa batalla.