Esto decía cuando empezó a llover. El agua entraba por el techo, que tenía más agujeros que una criba, y después que las gotas salpicaron de agua el suelo polvoroso, siguieron menudos chorros que formaban charcos en diversos puntos.

—Esto es vivir en campo raso—dijo Salvador con escalofrío—. ¿Sabes que me parece has encontrado el sitio de la batalla?

—¿Cuál?

—Este páramo... Es indispensable que salgas de aquí.

—Choza o palacio—dijo el enfermo en tono solemne y sentencioso—son iguales para mí.

—Es que estás muy enfermo.

—No importa.

—Y estarás peor cada día.

—No importa.

—Y en este sitio no podrás restablecerte.