—Te digo que no importa—gritó Navarro exaltándose—. Harías bien en dejarme solo.
Salvador pensó que no había más remedio que recurrir a la fuerza. Sin embargo, trató de apurar todos los recursos de su ingenio para dominarle.
—¡Estábamos tan bien en nuestra casa de Pamplona!...—dijo con pena—. Nada faltaba allí.
—Pero sobraban muchas cosas.
—¿Qué?
—¡Tus beneficios tus cuidados, tu... tú!...—gritó agrandando la voz a cada palabra—. Como me llamo Zumalacárregui, así es verdad que me incomodan tus beneficios. No quiero nada tuyo.
Salvador calló. Un hilo de agua que cayó del techo sobre su cabeza, obligole a apartarse de allí. El viento entraba por distintos lados formando pequeñas tempestades que arrebataron de la silla el papel en que Navarro trazaba sus garabatos, llevándolo al otro extremo de la titulada habitación.
—¡Mi plano...!—dijo Carlos extendiendo su brazo.
Salvador se lo alcanzó.