—Confianza en Dios y no dar a esta miserable existencia mundana más valor del que tiene, son los más eficaces remedios—afirmó Gracián con autorizada voz.

La vocecilla ronca de Maricadalso se dejó oír. Parecía una corneja que cantaba en la propia rama de acacia. Moviendo su cabeza con aire de incredulidad, cantó estas palabras:

—A mí no me emboban. Esto no es epidemia que venga de las Asias, sino malos quereres.

—¿Y a qué llama malos quereres, buena mujer?—preguntó Gracián riendo, no tan fuerte como el subdiácono, que soltó una carcajada.

—Al mal tercio que hacen algunos, los malos... los pillos que quieren que se acabe medio mundo para quedarse ellos solos.

—¿Y qué pillos son esos?

—Yo me lo sé—dijo la imagen de la Muerte, cuyos ojos lucían en el amarillo casco como agujeros de calavera—. ¡Llaman cólera al mal querer!... ya, ya... Más vale que nos lleven a la horca que no acabarnos de esta manera.

Estas misteriosas apreciaciones sobre cosa tan notoria como la existencia de la epidemia no llamó la atención de Gracián, porque su trato frecuente con el pueblo bajo de Madrid le había acostumbrado a oír sin sorpresa los despropósitos del vulgo. Todo lo que es razonable y conforme al sentido común se resiste a la mente del vulgo. Para que en él halle resonancia y acogida una idea es necesario que sea perfectamente absurda.

—Señora Cadahalso—manifestó con bondad el jesuita—, usted es de las que ponen en duda que vuelan los pájaros, y creerá que los bueyes se pasean por los aires. Muy bien, con su pan se lo coma.

—Otros se comen nuestro pan, que no yo—dijo la espantosa mujer, enseñando sus dos filas de dientes iguales y puntiagudos—. Yo me sé lo que creo, y creo lo que yo me sé... Y toque su paternidad a otra puerta, que ya vamos abriendo el ojo.