—Todo sea por Dios...

—Más respeto, canalla, más respeto—añadió Nazaria, tomando a su vez la rama y azotando suavemente a la estampa de la Muerte—... Señor cura, no haga su merced caso, y dígame si para mi mal debo tomar una medicina que me han recomendado.

—¿Cuál es?...

—No es cosa de la botica, sino del cielo.

—No entiendo.

—Es cosa santa. Es un polvillo que dicen se saca de la cueva en que hizo oración San Ignacio.

—¡Ave María Purísima!—dijo Gracián llevándose las manos a la cabeza.

—¿Se espanta su merced?... Ese polvillo lo tiene, como gran reliquia, mi señora Doña Josefa, la mujer de D. Pedro Rey. Dice que su niña Perfectita sanó con él.

—¡Sacrilegio, profanación!—exclamó el jesuita—. ¡Abuso nefando de las cosas piadosas! Esa tierra bendita es un objeto de piedad que debe venerarse como recuerdo de uno de los varones más insignes que ha habido en el mundo. Las cosas santas han de ser tratadas con mucho respeto y puestas a tanta altura que no pueda llegar a ellas el charlatanismo. Dad a Dios lo que es de Dios, y a la botica lo que a la botica pertenece, y no mezcléis berzas con capachos, o sea santidades con vomitivos.

Más, mucho más hubiera dicho el discreto clérigo, si en lo mejor de su perorata no entrase Tablas, sorprendiendo a todos con los buenos días que dio desde la puerta. Detenido en ella estuvo un buen rato mirando el cuadro que las dos mujeres y los dos eclesiásticos ofrecían. Entró al fin; limpiose el sudor que mojaba su frente, y tomando una silla la colocó con fuerte golpazo en el punto en que quería sentarse. Después, gesticulando con recia manotada, echó de sí las moscas y dijo: