—Se ha muerto el boticario de la calle de Rodas y el carbonero de la calle de las Velas. En la casa del tío Caro no ha quedado más que el gato. Anoche no había novedad, y esta mañana la casa era un cementerio.

—No exagere usted—dijo amostazado el Padre Gracián, observando el mal efecto que aquellas nuevas hacían en Nazaria—. Defunciones hay; pero no en tal número.

—No se llaman defunciones; se llaman casos—replicó con estúpida risa Tablas—. Y podrá ser verdad lo que vuestra Paternidad dice; pero yo sé que anoche Gregorio Tinajas y yo, bebimos juntos una copa al salir de cierta parte, y sé también que le he visto hace un momento tieso y frío.

—¡Se ha muerto!—exclamó Maricadalso con espanto.

—Como mi abuelo. ¿Lo sientes tú?

—Dígolo porque ya las pagó todas juntas.

—También se ha muerto la Fraila.

Nazaria cerró los ojos, no pudiendo cerrar los oídos. Pero el atleta se volvió a Maricadalso, y a boca de jarro le disparó estas palabras:

—Y tu hija, Maricadalso, tu hija Ildefonsa, iba ahora con un cántaro de agua por la calle de la Paloma, y se cayó en la calle, diciendo que se moría...

—¡Mi hija!... Tú mientes... Corro a ver...