—Alavés.
—¿Y hasta la muerte defensor del trono legítimo...?
—Del trono de Isabel II.
—¿Pues qué? es usted...
—Masón, señora.
Al expresarse así, con la sonrisa en los labios, Salvador creyó que no merecía respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia estuvo a punto de deshacerse en polvo al oír la nefanda palabra. Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes, llevose las manos a la cabeza, lanzó una exclamación de lástima y desconsuelo, y por breve rato no apartó del cielo sus ojos fijos allí en demanda de misericordia.
—¡Masón!—repitió luego mirando al que, según ella, era un soldado de las milicias de Satanás—. ¡Quién lo diría!
Y señalando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a cierta distancia se veía, como farolillo de taberna o café, dijo entre suspiros:
—En donde está aquella luz se reúnen sus amigotes de usted... Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le diré que por nada del mundo sea usted masón. Todo está preparado para el triunfo de la monarquía verdadera y legítima, y es una lástima que usted perezca, porque perecerán todos, no hay duda... Cuando usted me dijo que es masón, vi... yo siempre estoy viendo cosas extrañas que luego resultan verdaderas... vi un montón de muertos en medio de los cuales asomaba una cabeza...
Le tomó una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sintió que se le comunicaba un frío glacial, llegando hasta su corazón.