—Aquella cabeza era la de usted—prosiguió la momia—. Usted se reirá; pero yo no; porque la experiencia me ha enseñado a dar un gran valor a mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido apreciar las notables prendas de usted. ¡Oh! sí, todavía hay caballeros; pero pronto, muy pronto quizás no haya ninguno. Adiós.
Le estrechó un momento la mano y desapareció dentro del portal, oscuro y profundo como un sarcófago.
Salvador permaneció un rato en la puerta, mirando al hueco oscurísimo que se había tragado a su dama de aquella noche, y murmuró estas palabras:
—¡Pobre señora!... sin duda está loca.
Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera la imagen de la fantasma a quien había dado el brazo y que parecía el duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima de Madrid. Después de andar un poco maquinalmente y sin dirección fija, hallose bajo el farol que poco antes le señalara la mano del guante canelo.
—El café de San Sebastián—pensó—. Ya que estoy aquí entraré. No faltarán amigos con quienes pasar un rato.