—El nombre debe ser breve y sencillo.

—Ya tenemos el masonismo en planta—indicó Salvador—, con sus irrisorios misterios, sus fórmulas y necedades.

—No, no, hijo, aquí no hay misterios.

—¿Ni iniciación, ni torres, ni orientes?...

—Nada de eso.

—¿Ni vocabulario especial, ni mandiles?

—Nada, nada.

—No habrá más que el juramento de someterse intencionalmente a la soberanía de la Nación—afirmó Rufete.

—Aquí es todo corriente. No hay misterios. La sociedad trabajará en silencio, pero sin fórmulas masónicas, y nos llamamos por nuestros nombres, si bien en los actos y documentos adoptamos un signo convencional para designarnos.

—¿De modo que la sociedad funciona ya?