—Se está formando. Todavía no hemos tenido una reunión total de asociados... ¿Cuántos hay en la lista, querido Rufete?

—Trescientos veinte y uno—dijo el ayacucho, que por lo visto desempeñaba las funciones de secretario.

—No se ha hecho nada todavía, no ha ido a provincias ningún comisionado. Se necesita uno de toda confianza y muy listo, que vaya a París y Londres a entenderse con los emigrados que quedan por allá y con otras personas residentes en el extranjero, y que no nombro porque no puedo nombrarlas.

—Ya... y ese correveidile que se necesita...

—Correveidile no, sino agente; ese agente que se necesita eres tú.

—Pues te juro—dijo Salvador de la manera más jovial—, que si la sociedad Isabelina o de los Patriotas isabelinos, como pretende el señor... y se me figura que lo pretende con razón...

—La idea del patriotismo—exclamó Rufete sin poderse contener—, es tan primordial, que debe ponerse al frente de todas las denominaciones, para que se grabe más y más en la mente del pueblo.

—Pues, decía—prosiguió el otro—, que si la sociedad espera para extenderse y prosperar a que yo sea su agente, llegará el Juicio final sin que de todos los frutos que el país y tú esperáis de ella.

Aviraneta meditaba, la mejilla apoyada en la mano. A cada instante se oían los pasos de los que subían por la escalera 7, y como esta era endeble y estaba tan cerca de las cabezas de los tres sujetos, parecía que se les venía la casa encima siempre que un patriota se encaramaba a los aposentos altos.

—¡Malditos!—exclamó Aviraneta, en ocasión que subían tres cuatro mozalbetes metiendo más ruido que los monaguillos en día de repicar recio—. Esos son los que todo lo echan a perder con sus inocentadas. Ahora los tiernos angelitos, en vez de chuparse el dedo, han dado en la flor de jugar a la masonería y al carbonarismo, y entre burlas y risas tienen arriba sus Cámaras de honor y sus Hornos, donde hacen varias mojigangas, que es preciso denunciar a la policía. Son casi todos chicuelos con más ganas de hacer bulla que de estudiar. ¡Y qué discursos los suyos! Es esa una empolladura de oradores que, si no me engaño, ha de dar a España más peroratas que garbanzos dará Castilla.