La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver la claridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrer de una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose a llorar, murmuró estas palabras:
—Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.
El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.
—Pero yo no he faltado, yo no he mentido...—balbució Doña Sola y Monda entre suspiro y suspiro—. Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado en mi corazón para no resucitar jamás.
—Lo sé, lo sé—dijo Cordero no menos turbado que su amiga—. ¡Oh! la voz aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en mi conciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempo que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vivido comparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisis comparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que él es extraordinariamente superior a mí.
—¡Oh! no, cien veces no—replicó Sola con energía—. Es todo lo contrario.
—No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco la lógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡qué superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la persona!... Las cosas claritas... ¿eh?... ¿por qué no se ha de decir que él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías en todo aquel que le trata, mientras yo...?
—Usted también, usted también—dijo Sola prontamente. D. Benigno movía la cabeza con triste ademán.
—No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la lógica—repitió—. Concedo que no sea yo enteramente antipático; pero usted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en la persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus afectos, de su fuerza, de su vida toda.
—Según como se mire, según como se mire—dijo Sola arrebatada de compasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.