—¡Oh!—exclamó D. Benigno sonriendo—, por más que usted se empeñe en echarme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hasta el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de algunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de una mujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no son floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace por conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratara de cualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión se presentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudiera preferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariño antiguo en él y antiguo en usted... Usted me lo ha revelado, diciéndome con el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».
—Es cierto—replicó Sola—, y ahora, para que no quede en mi corazón ni un fondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimo tiempo, voy a confesarme con usted... Delante de un sacerdote, delante de Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted... Si antes no hablé de esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada. Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión renaciera y me atormentara otra vez.
Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de hinojos.
—Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño de echar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado—dijo Cordero—, me lo reveló él mismo.
—Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndome al amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de sus beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.
—No se jactó. Adelante.
—Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como una esclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; sus palabras como el Evangelio.
—¿Y él?...
—Me trataba con consideración; pero...
—¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?