—Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

—Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con algunas... ¿Pero a usted jamás...?

—Jamás—dijo Sola ingenuamente—, quería a otras mujeres; pero a mí no me quería.

D. Benigno se sonrió.

—¿Pero usted—dijo—, le quería desde entonces?...

—Me da vergüenza decirlo—replicó Sola—, por el desairado papel que hice: pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

—¿Cómo?

—Todo lo que se puede querer a una persona—dijo ella, inclinando la cabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración de recuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitar aquel estorbo y poder decir:

—¿Y siempre lo mismo?