—Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas, dormida y despierta.

—¿Y cuando estaba ausente?

—Le quería más.

—¿Y cuando volvía?

—Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgracia que me enviaba Dios.

—¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

—¡En otro hombre!—exclamó Sola como horrorizada—. Eso no, eso era imposible... Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario para vivir, como el aire y la luz.

—¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima afición que le tenía?

—¡Oh! no... A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba no sé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba mucha vergüenza.

—¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!