—¡Cristo!... si habré dicho alguna vez que no quiero clerigones en casa... ¿Por qué los has recibido?
Pimentosa echó mano de un abanico y replicó así:
—Porque me ha dado la real gana... En paz.
—En guerra... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el balcón... y tú detrás.
—¡Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba el mundo.
—¿Qué buscaban esos pillos?
—El pillo eres tú... salvaje. ¡Tanto rezar rosarios en casa de D. Felicísimo, y llama pillos a los señores sacerdotes!...
—¿A qué venían?
—A lo que nos ha dado la gana.
—Vamos, vamos—dijo Tablas contoneándose otra vez—, que hoy estoy tan bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.