—Hijita—le dijo, cuando pasaron de las higueras del tío Reza-quedito, punto desde el cual ya no se veía la casa—, hoy tengo que decirte la última palabra acerca del asunto que hace tiempo me trae muy caviloso. Me he dado una batalla, querida Sola, me he dado una batalla y me he arrollado completamente, me he derrotado en toda la línea. Acaso no me entenderás.

—No mucho—dijo Sola, creyendo deber decir que no, aunque algo se le iba entendiendo de aquellas cosas, y aun algos había ella penetrado en días anteriores, con su natural agudeza.

—Pues se han concluido mis vacilaciones y a casarse tocan. Entre los dos se establecerá un parentesco de cariño, de agradecimiento y de amistad que no nos separará sino en el sepulcro. ¿Insiste usted en lo que manifestó aquella noche? Creo que no lo habrá olvidado usted, pues yo, si cien años viviera, no lo olvidaría.

—No lo he olvidado, y ahora repito lo que dije, y me confirmo en ello.

El héroe se detuvo y la miró con seriedad afable...

—Repare usted bien que pronunció palabras muy categóricas y muy graves—le dijo en tono de queja—. Grabadas están en mi memoria. «Como Dios es mi padre... ¿no fue así?... como Dios es mi padre, juro que quiero casarme con el viejo».

—Así fue—afirmó Sola, repitiendo aquel eco de su alma—; con el viejo, con el viejo.

—Es decir, conmigo.

—Con usted.

D. Benigno anduvo algunos pasos, y deteniéndose luego, habló así entre turbado y festivo: