—Pues bien, hija de mi corazón, yo tengo ahora un antojo que quizás usted lleva a mal; a mí me ha entrado un capricho, una manía... Qué quiere usted... siento decírselo... quizás se enfade.

—¿Qué?

—Pues es que... que ahora me tocan a mí los mimos... y, en una palabra, que ya no quiero casarme con usted.

Y echándose a reír, añadió:

—Nada, hijita, le doy a usted calabazas... ¿no contaba con mis veleidades, eh? ¿No contaba usted con las coqueterías del viejo?

Y al decir esto abrió los brazos, derramó una lágrima, y riendo siempre, estrechó a Sola contra su corazón, en el cual se desbordaban los afectos más puros.

—Venga acá, hija de mi corazón—exclamó—, venga acá y abráceme también. Dios me ha iluminado para hacerla el mayor bien que podría usted esperar de mí. Felicitémonos ambos de este triunfo de mi razón, y ahora entonemos un himno al sentido común que ha sido nuestro salvador.

Sola comprendía a medias.

—¿Quiere usted que nos sentemos en esta piedra?

—Sí—dijo Sola, ávida de hablar, de oír explicaciones—, sentémonos. Usted aquí... que está más seco.