—Esta noche no hay junta.
—Esta noche no—dijo Elías, tomando el vaso de vino que sobre la mesa estaba y acercándolo a sus labios—. Pero, ¿qué aguachirle es este?
—Es lo que yo bebo. Es del propio cosechero de Esquivias.
—Esto es veneno puro... Pero ¿no has de tener en tu despensa ni siquiera dos azumbres de blanquillo para que los amigos brinden por el triunfo de la mejor de las causas?
—¡Tablas, Tablas!—gritó Carnicero, y cuando el atleta apareció en la puerta, le dijo—: Gandul, ¿estás sordo?... Vete a la taberna de la calle del Burro y trae una botella de Jerez seco o de cosa que lo parezca. Anda pronto. Oye, ¿no hay bizcochos en casa? trae también bizcochos... Jerez seco... pronto.
Tablas era siempre diligente para traer vino, porque la expectativa de las sobras le aligeraba los pies. Así volvió prontamente con la compra, y un instante después los dos furiosos evangelistas de D. Carlos mojaban un bizcocho en el dotado licor. Después bebieron con prudencia, por ser ambos como D. Felicísimo, varones de mucha sobriedad.
—Por la religión triunfante—dijo Elías, empinando con gravedad.
—Por los buenos principios de gobierno—apuntó Negri—... Pero no bebe usted, Sr. D. Felicísimo.
—¿No bebes, Felicísimo? Eso no se puede consentir—manifestó Orejón con brío, apresurándose a ser Ganimedes del Júpiter de la agencia eclesiástica—. Verdad es que este Jerez quema como pimienta.
—Será viejo como yo—dijo Carnicero tomando la copa—. Pues brindo...