Las tres copas chocaron con alegre campanilleo, debido principalmente al temblor del pulso de D. Felicísimo.
—Brindo por la felicidad de España.
—Que ya está segura.
—Otra copa.
—Hombre...
—Otra.
Orejón llenó obra vez las tres copas, con no poco sentimiento de Tablas, que alejado por el respeto, contemplaba las mermas de la botella.
—Es buen vino—indicó Carnicero, en tono de conocedor—. Pero yo no sé si mi cabeza...
—¡Qué cobarde!... Felicísimo, otro trago... Vamos, a la salud de la familia real.
Este brindis fue acogido con tanto entusiasmo, que Carnicero se levantó de su asiento para dar más solemnidad al acto de envasarse en el cuerpo el generoso vino.