—¡Viva Su Majestad el Rey, Su Majestad la Reina y los serenísimos señores infantes!—exclamó Negri—. De las ruinas del masonismo se levanta el legítimo trono de España.

—Y de Indias... porque se volverán a conquistar las Indias.

—Se volverán a conquistar—dijo Carnicero, que se notó ágil y dio algunos pasos con cierta ligereza relativa—. Adiós, mis queridos amigos. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Orejón y el conde se retiraron. En el pasillo, donde salió a despedirles el dueño de la casa, fueron sorprendidos, como otro visitante anterior, por un gran desprendimiento de cascotes del techo.

—Llueven piedras, ¿o qué es esto?—gruñó Orejón deteniéndose.

—No es nada. Los ratones me tienen minado el techo. Ya os arreglaré, masoncillos.

El conde soltó una carcajada y se limpió la levita manchada de yeso.

—Pero ¿no tienes Inquisición en casa?

El gato saltó de un rincón, bufando, y subió por los maderos.