—¿Te sientes mal? ¿Padeces mucho?
—¿A ti te importa algo que yo padezca o no? ¡Pues sí, padezco mucho, por vida del mismo rábano!... Tengo una lámpara encendida aquí.
Incorporándose dificultosamente, llevose ambas manos a los hijares. Su cara lívida causaba miedo, y cuando dilataba los labios morados con expresión equívoca y asomaban sus dientes blanquísimos, se veía en él clara y patente la sonrisa del dolor, o sea la casi imperceptible burla que el dolor hace de sí mismo cuando han concluido todos los consuelos y aun los sofismas del consuelo.
—Tú estás muy enfermo—le dijo Salvador con profunda pena—, y yo creo que el Virrey te perdonará la vida.
—¡Y al dejarme vivir llamas perdón!... vaya un perdón el tuyo. ¡Indultarme!... No, por muy masón que sea el Virrey, no será tan cruel o inhumano.
—Estás alucinado, y el sufrimiento te enloquece un poco, haciéndote disparatar.
—Yo estoy cuerdo y sé lo que me digo. Tú estás tonto y hablas más de la cuenta.
—Yo sólo te diré que no te desesperes. Tú enfermedad puede curarse todavía.
—Con cuatro tiros... ¡Rábanos! no sufrirá que sea por la espalda.
—No serán por ninguna parte. Estás enfermo y exaltado. Yo te juro que se harán esfuerzos grandes por salvarte.