—¿Y quién me salvará, tú? ¿tú?—dijo Garrote con desprecio.

—Podrá ser. No he venido a otra cosa.

—¿Desde Madrid?

—Sí. Y a Pamplona voy.

—¡Salvarme tú!... ¡Conservarme la vida! Veo que también hay verdugos de la vida.

—Yo quiero ser contigo ese verdugo de vidas.

—Mira, mira, ¿quieres dejarme en paz, intruso, y volverte otra vez a tu Madrid?

—Nos iremos

—Yo seré feliz mañana—dijo Navarro con hosca expresión—, en el foso de Pamplona. ¡Qué frío hará allí!

El prisionero temblaba.