La atisbadora iba a su celda por el mismo camino. Sus pasos no se sentían: calzaba sus venerandos pies con alpargatas que parecían de plumas.
Aquella noche (nos referimos a la noche del caballero hambriento, que fue noche muy célebre en San Salomó) la de Monserrat hizo su viaje de inspección, porque ya era la una y la celda de su víctima estaba iluminada. Había que tomar acta de este peregrino caso.
La monja aplicó su oreja a la puerta, y... ¡por los sagrados clavos y las divinas llagas de Jesucristo!... Se quedó helada de espanto. No daba crédito a aquel su sentido acústico tan bien ejercitado y tan experto. El agujerillo de vigilancia parecía que se había agrandado. Adaptó la monja su ojo vidrioso... Miró, estuvo mirando un largo rato. ¡Cómo miraba! Creyó al principio que era alucinación; pero no: era realidad, realidad.
Echó a correr tambaleándose; sus caducas piernas vacilaban, cual si no pudieran sostener el formidable peso de su indignación. Se santiguó repetidas veces, elevó las flacas manos al cielo; movió la cabeza, tan semejante a una calavera, y murmuró:
—Ya me lo esperaba yo... En esto habían de parar las locuras de esa mujer. ¡Piedad, Señor!
Dicen que la reverendísima estuvo a punto de dar en tierra con su esqueleto, tal era el pavor que sentía; pero sacó de su demacración senil las fuerzas que necesitaba para poder llegar hasta la madre abadesa y referirle un caso tan horroroso. Los minutos que tardó en llegar a la celda de la superiora le parecieron siglos de infamia, de vilipendio, para la Orden de Santo Domingo.
La abadesa no estaba en su celda. Aquella buena señora, la más rezona de las habitantes de la casa, acostumbraba dejar por las noches su angosto lecho y bajar al coro, donde estaba en oración largas horas, de rodillas sobre el mármol duro y frío, apoyando sus brazos en una silla que le servía de reclinatorio y sumido el espíritu en las honduras mareantes de la mística. Algunas monjas la imitaban en esta santa costumbre.
Entró la vieja en el coro, y a la luz incierta de la lámpara que alumbraba al Cristo, vio a la madre abadesa de rodillas. Acercose y le tocó en el hombro.
—¿Quién es? —dijo la abadesa con voz soñolienta.
La de Monserrat se arrodilló a su lado y se persignó con precipitación.