—Soy yo —repuso—, que vengo a poner en conocimiento de...
—Ya... ya me lo figuro —dijo la madre abadesa incorporándose—. Yo también empiezo a inquietarme.
—¿Sabe usted lo que voy a decirle?...
—Sí... que se siente olor a madera quemada.
—No, no es eso.
—Hace un rato que sentí ese olor —afirmó la madre abadesa husmeando el aire—. ¿No siente usted?
—Fuego hay en el convento; pero es un fuego que no se ve.
—¿Qué me dice usted, señora?
—Dentro del convento ha entrado esta noche un hombre.
—Usted sueña, hermana... Pues no me queda duda... ¿No huele usted a quemado?