—Será que en las murallas han encendido alguna hoguera... Cuando pasan cosas graves, cuando el convento está profanado, deshonrado por la infamia y el sacrilegio, no conviene pensar en fruslerías.
La abadesa se levantó.
—¡Un hombre! Eso no puede ser —dijo con espanto.
Y al punto se puso a temblar.
—Un hombre, sí. ¿No sé yo lo que es un hombre?
—¿En dónde?
—En la celda de una religiosa.
La abadesa cesó de temblar y empezó a reír. El caso le parecía tan absurdo, tan inverosímil; estaba además tan acostumbrada a los ridículos terrores de sor María Monserrat, que no pudo permanecer seria.
—Si a la abadesa de esta comunidad —dijo la delatora— le falta valor para llamar a la puerta de la celda donde se está consumando el horrendo sacrilegio, yo lo haré. No temo nada: no me importa que un asesino...
La monja no pudo continuar, acometida de una tos muy fuerte.