—¡Oh!... sí, parece que hay humo aquí —dijo en tono de alarma.
Las dos monjas se acercaron a la reja que daba al altar mayor.
—¡Humo, humo!
A un tiempo brotó esta exclamación de una y otra garganta. A la indecisa luz de la lámpara veíase una como niebla espesa que envolvía los oropeles del altar churrigueresco.
Las dos monjas corrieron de aquella reja a otra que al claustro daba.
—¡Jesús de mi alma! —gritó la madre Monserrat llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué es esto?... Un hombre..., dos hombres, tres hombres..., les he visto correr por el claustro hacia la sacristía...
La abadesa se quedó tan aterrada que no pudo ni hablar ni moverse. Volvieron a asomarse a la reja de la iglesia. Una claridad tenue y rojiza llenaba el recinto sagrado, permitiendo ver las imágenes, las colgaduras, los altares: era un aspecto siniestro y horripilante.
Las dos monjas corrieron hacia el claustro. Oyéronse las pasos precipitados de tres religiosas que bajaban. En el patio había también algo de humo. Corrieron todas a la puerta de la sacristía; la empujaron: estaba abierta. Cuando la puerta cedió, las cinco madres lanzaron espantoso grito y retrocedieron de un salto. Por la puerta salió una bocanada, un chorro, una manga formidable de humo negro, espeso, resinoso, y en el fondo del centro oscuro vieron las llamas que brillaban y extendían sus rojas lenguas por las paredes.
Todo San Salomó no tuvo más que una voz para gritar: «¡Fuego!».