—Sí, el Señor me ha dejado vivir. ¿Y sor Melitona de San Francisco?

—La he visto hace un momento... ¿Se ha salvado la madre Rosa de San Pedro Regalado?...

—Sí, ahí está...

—Sor Ana, ¿está usted aquí?... Sor Ana.

—Allá está... Se ha empeñado en salvar sus colchones, y por tales pingajos han estado a punto de perecer dos hombres.

—Hay personas muy imprudentes.

—¿Y la madre Monserrat?

—Aquí estoy, hija, más muerta que viva —repuso la voz cavernosa que salía al parecer de una calavera—. Por más que me vuelvo loca no puedo averiguar dónde está sor Teodora de Aransis.

La flaca monja entraba y salía de grupo en grupo como una serpiente que culebrea resbalando entre la hierba.

—¿Está sor Teodora de Aransis?