—Repito que no lo sé... No está aquí, ni allí, ni allá.
—¡Jesús Sacramentado! ¿Si se habrá quedado en su celda...?
—¡Calle usted, tonta!... ¡Por las sagradas llagas!... ¡Si hemos subido y hemos encontrado la celda vacía!... y los restos de un festín. ¡Es particular!... ¡Y el incendio ha sido intencionado! ¡Aquel hombre!... No me queda duda de que él, él...
—¡Sor Teodora! ¡Sor Teodora!...
—Hay que salir al momento; no puede perderse un minuto. Afuera, señoras —gritó un hombre moreno, bien plantado, con uniforme militar, el cual había logrado a fuerza de golpes, bramidos y empellones, imponer su voluntad en medio del gran tumulto.
¡Gracias a Dios, al fin había alguien que mandara en aquel desconcierto!
—¡Que se cae la pared del claustro! —gritó una voz terrible y de agonía.
—¡Afuera, afuera!
Fue preciso abrir con grandísimo trabajo un boquete en la tapia de la huerta, con espacio suficiente para dar salida a la comunidad, siempre que esto se hiciera con orden. El hombre moreno, coronel de ejército y jefe de los voluntarios navarros y aragoneses, designó un plazo para tal operación y la hizo ejecutar a sablazos. Trabajaban con ardorosa fiebre picoteando el ladrillo con azadones, palas, barras, clavos, con cuanto había. No había concluido la obra importante, cuando el coronel sintió que le sacudían fuertemente el brazo. Volviose y vio una monja que no parecía sino la estampa de la muerte.
—Señor coronel —dijo el espectro—. Señor coronel, el incendio ha sido intencionado. Yo sé quién es el perverso que ha hecho esta gran bellaquería.