—¿Quién?... ¿Dónde está?
El espectro extendió su brazo blanco, que parecía un bastón metido en la funda de una remollada, y señaló a un hombre vestido de payés y con un brazo vendado, el cual en aquel instante arrojaba una herramienta de las que habían servido para abrir el boquete, y se deslizaba por él, ávido de poner sus pies en la calle.
Dando un rugido, Carlos Navarro gritó:
—¡A ese..., ese..., que se escapa!... ¡Zugarramundi..., ahí va..., cuidado..., es él!...
La roja claridad que iluminaba las caras, daba a esta escena un aspecto de extraordinario pavor.
La gritería que fuera sonaba no permitió conocer lo que pasó; pero sin duda los deseos del jefe quedaron satisfechos, porque se abalanzó a la tronera y retirose después diciendo:
—Muy bien, compañeros... No pensé que Dios me le depararía esta noche... Bien decía yo que se había metido aquí... ¿Conque también incendiario? ¡Horrible conjunto de crímenes!... Ahora, señoras, salgamos. Mucho orden..., digo que mucho orden... Esta noche le voy a romper a alguno la cabeza.
Colocó un grupo fuera de la tronera y otro grupo dentro. No eran como dos ejércitos, sino como dos partidas de juego de pelota. Los de dentro cogían en brazos una dominica, y por el boquete la entregaban en los brazos de los que estaban fuera. Parecía que echaban niños en el torno de una casa de expósitos. Nunca falta un bufón en las más terribles escenas de la vida, y allí hubo uno que al echar fuera una monja, decía:
—Ahí va otra carta al correo.
Pocas hubo que hicieran dengues y repulgos al verse entre brazos de hombres: el susto, el horror, el peligro, no permitieron a las más de ellas entretenerse en gazmoñerías. Cuando todas estuvieron fuera, se reunieron en apretado grupo: no sabían andar, no sabían a dónde ir. La más tranquila era la muerta, a quien echaron fuera como un saco. Aunque se incendiase el mundo todo, aquella nada podría decir. Unas se arrojaban sin aliento en el suelo; otras lloraban a lágrima viva; otras hablaban en coro, haciéndose preguntas, expresando con una observación breve, con un vocablo suelto, con una articulación indefinible, el pánico, el azoramiento, la turbación de aquel instante.