—¿Estamos todas?

—Una, dos, tres, cuatro...

—¿Y a mí no me cuentan? También estoy aquí.

—Tengo una mano abrasada... ¡Jesús mío, qué dolor tan vivo!

—Mirad cómo está mi hábito; y gracias que la Santísima Virgen me libró de morir achicharrada.

—Estuvo en un tris que me quedase en la escalera hecha carbón.

—Ya sabéis que no gusto de enredos. Por la salvación de mi alma, que cuando subimos había en la celda restos de un festín... pero de un festín opíparo.

—Contemos otra vez..., dos, tres...

—Pues sí que falta una.

—Su celda estaba vacía, vacía, vacía... La luz apagada... Yo le había visto antes, y su cara se me quedó en la memoria, ¡qué terror! Tenía el brazo vendado y la manga subida.