—El único zapato que pude ponerme se me perdió en la huerta...
—Yo dormía profundamente, cuando sentí un ruido infernal: abrí los ojos, vi la claridad... ¡El divino Jesús nos valga!
—Ya no queda duda. Con la muerta somos veintiuna, con las cuatro criadas veinticinco.
—¡Falta una, falta una!
—¿Sería yo capaz de decir una cosa por otra?... Un hombre, un hombre. ¡Horripilante suceso! ¿Por qué nos quemaría nuestra casa ese malvado?
—Yo también digo que el convento ha sido incendiado por una mano alevosa.
—¡Falta una!
—¡Qué horrible aspecto presenta nuestra casa!... Adiós, San Salomó, vivienda querida, vivienda adorada; adiós para siempre.
—Adiós, San Salomó. Señor, Padre Nuestro, pues tú lo has querido, sea. Pobres debemos ser y pobres seremos.
—¡Bendito sea el poder de Dios!