—No puedo mirar a San Salomó... Me muero de aflicción.

—Ánimo, hermanas mías. El Señor lo ha querido así; tengamos resignación.

—Yo le vi, yo le vi.

—¿A dónde vamos?

—¿Estamos todas?

—No, no, que falta una.

—Falta una.

—Una.

XXIV

El concertado desarrollo de esta narración, que es menos novela de lo que creerán muchos, exige que no digamos ahora una palabra más de las buenas madres de San Salomó, dejándolas entregadas a su dolor y en camino del albergue provisional que les preparó el obispo de Solsona. Otros personajes nos llaman en lugar no apartado del siniestro, allá donde suena la bronca trompeta de la historia anunciando los sucesos que se escriben en páginas muy graves, y que también han de tener su hueco importante en estas, que lo son de entretenimiento.