A la mañana siguiente, cuando aún echaba humo y chispas el cadáver tostado de San Salomó, don Carlos Garrote (y jamás pudo en su gloriosa vida de insurrecciones por la fe quitarse nombre tan duro) estaba en su alojamiento de la calle de San Francisco acometido de un mal que con frecuencia padecía, y que en los últimos años se le había recrudecido bastante: este mal era la cólera. Mostraba su dolencia hiriendo el suelo con el pie, golpeando con la mano una mesa harto desvencijada, y que con tales caricias iba en camino de no servir más que para leña, y, finalmente, soltando de su boca en nutrida descarga venablo tras venablo.

Mientras expresaba su enojo andando de un testero a otro y llevando de la cabeza a los bolsillos sus manos, un segundo personaje, sentado junto a una segunda mesa donde había butifarra, pasteles y vino, parecía encargado de representar con su sensual abandono, sus ojos medio chispos y su semblante epicúreo, la antítesis del exaltado y ardiente Garrote. Aquel viejo borracho era Mañas, guerrillero estúpido que los caudillos habían arrinconado por no servir más que de estorbo.

Un tercer personaje agrandaba el cuadro: era un capitán de lanceros, joven, bien parecido, y que por su cortesanía y aspecto hidalgo contrastaba con la rudeza de los dos soldados apostólicos. Aún falta mencionar otro individuo; pero en este basta la mención: era el capellán de San Salomó, mosén Crispí de Tortellá. Lo único que la escrupulosidad histórica nos obliga a decir, es que parecía inclinarse más a compartir con Mañas la butifarra, los pasteles y el vino, que con Garrote la ira, las manotadas y los vocablos picantes. Menos Navarro, todos estaban sentados, y, a excepción de Mañas, todos muy serios.

Lástima que no estuviéramos allí desde el principio del consejo. El primero a quien oímos fue Garrote, que repitiendo una idea expresada sin duda muchas veces antes de nuestra llegada, dijo con la boca, con las manos y con los pies:

—Yo no me someto.

A esta aseveración, semejante a un disparo, sucedió un silencio profundo. Garrote, luego que dio varias vueltas en una órbita, cuyo centro era Mañas, se paró delante del oficial de lanceros y le echó a boca de jarro estas palabras:

—Si los demás quieren someterse, yo no me someto. Dígalo usted así al conde de España, que le ha enviado.

—Ya esta guerra no tiene razón de ser, señor coronel —dijo con energía el oficial—. Su Majestad ha llegado ya a Cataluña y ha mandado dejar las armas a los que se habían alzado en su nombre.

—Yo no me he levantado en su nombre.

—¿Pues en nombre de quién?