—En nombre de otro... No vengamos aquí con mixtificaciones... Se nos dijo una cosa y ahora resulta otra... Este es un juego indecente, un juego indecente.
—Pero, señor coronel de mis pecados —dijo mosén Crispí apretándose el vientre y tratando de dar a su rostro expresión de bondad—. Si Su Majestad declara que es libre, que no hay tal jacobinismo en Palacio, que pondrá la fe católica por encima de todo... ¿qué hemos de hacer nosotros? No seamos más realistas que el rey, por amor de Dios.
—Señor Tortellá de mil demonios —dijo Garrote encarándose con él e increpándole con desabrimiento—. No venga usted a empastelarnos con sus distingos y sus boberías de canónigo harto. Bastante nos han engañado ya; ¿y quién nos ha metido en este berenjenal? Usted y sus colegas, los de hábito negro y pardo. ¿Por qué antes nos decían una cosa y ahora otra? ¿Qué inmunda farsa es esta? ¿Qué comedia ridícula y nauseabunda quieren ustedes representar? ¿Me han tomado por títere? A mí me gustan las cosas claras y las palabras concretas, ¡señor Tortellá de mil rábanos! Ustedes nos han engañado; nos hicieron tomar las armas, y ahora nos mandan soltarlas. ¿Cuál fue la razón de aquello? ¿Cuál fue la razón de esto?
—Nosotros... —balbució el capellán muy atolondrado.
—Ustedes, sí —declaró Garrote furioso como un león.
Estaba junto a la mesa desvencijada, y a cada dos o tres palabras daba con la palma de la mano un golpe que sonaba como un pistoletazo.
—Sí, ustedes... Nos dijeron que se iba a emprender una guerra grande, gloriosa..., ¡pum!, una guerra por la religión. Nos dijeron que el rey, ¡pum!, estaba entregado a los masones, y que la Cámara real era una logia, una zahúrda de jacobinos..., ¡pum!, que Calomarde era masón, que el rey era masón..., ¡pum! Nos dijeron, y esto es lo más grave, que la guerra se haría alzando la bandera de la religión y proclamando..., ¡pum!, el nombre del infante don Carlos como futuro rey de España en sustitución de Fernando VII... Nos dijeron que en Madrid estaba todo hecho para quitar del trono a un hermano que estaba vendido a los masones, y poner, ¡pum!, a otro hermano que oye misa todos los días... Nos dijeron que cuando se levantase Cataluña, toda España respondería, y que el reinado de la fe y la destrucción del liberalismo vendrían fácilmente... Nos dijeron que había un Breve secreto del Papa ordenando el alzamiento, y que Francia, Austria y Rusia lo apoyaban..., ¡pum! Nos engañaron pintándonos la Junta Apostólica de Madrid como un centro poderoso, y ahora veo que no es más que una reunión de mentecatos, de algunos consejeros cesantes que quieren volver al Consejo, de algunos canónigos que quieren ser obispos, y de algunos brigadieres que quieren ser generales..., ¡pum, pum, pum!
La mano del guerrillero rebotaba como una pelota de goma, y tenía la palma roja, casi sangrienta. Mosén Crispí no se atrevió a contestar, y miraba a la butifarra, a Mañas, al oficial, a la mesa golpeada, por ver si alguno de estos tres objetos le sugería una idea.
—Y ahora —prosiguió Garrote apartándose de la mesa, que había quedado casi llorando —ahora nos dicen que todo ha sido una broma; que dejemos las armas; que el proyecto de poner a don Carlos en el trono es prematuro, impracticable, tonto, cosa de monjas, y no sé qué más... Esto es jugar con hombres formales. Ha bastado que el rey haya venido a Cataluña para que todo se desvanezca como el humo: los más valientes se vuelven cobardes, muchos bravos se esconden, y los curas se meten en las iglesias a decir: Pésame, Señor... ¡Mil rábanos! No ha pasado nada... con tal que conserven sus empleos, sus canonjías y sus prebendas esos señores que nos han hostigado. El rey llegará y hará un picadillo masónico con la carne de todos los que se han batido en Cataluña por la causa santa, divina, inmortal, de la fe y de la monarquía.
—No —dijo bruscamente el oficial—. Lo primero que ha dicho Su Majestad es que perdonará a todo el mundo.