—Eso se dice para que soltemos las armas, para que nos entreguemos como corderos... ¡Perdón, perdonar! ¡Qué horrible ironía! Linda cosa es el perdón masónico. Los mismos que desde Madrid y desde Barcelona dirigieron esta trama, serán los primeros que aconsejen al rey castigos terribles, para que callen las bocas que pudieran revelar secretos graves... ¡Rábano, rábano! La mía, si no me la cierra el verdugo, será la primera que grite: «Esos que hoy se acogen al manto real y reciben en triunfo a don Fernando, fueron los que nos hostigaron a quitarle del trono para poner en su lugar al infante don Carlos, que oye misa todos los días».
Comprendiendo la necesidad de decir algo, Mañas murmuró algunas palabras torpes y oscuras, que salieron de su boca como un vapor vinoso. Mosén Crispí le mandó callar, tocándose la sien con el dedo índice y guiñando el ojo. Su mímica quiso decir:
—Ese hombre de los rábanos está loco: no hagamos caso de él.
—Sus deberes de militar, sus gloriosos antecedentes, señor coronel —dijo el oficial—, el uniforme que viste, el bien del país, y la suerte de muchos hombres inocentes, exigen de usted que se someta a la voluntad del rey. El rey ha pedido a todos prudencia y cordura, y es preciso que todos respondamos a la voz de nuestro soberano legítimo.
—Yo no me someto, yo no me someto —afirmó Garrote con voz de trueno—. Si Jep dels Estanys, Caragol, Pixola, Rafi y los demás quieren someterse, háganlo en buen hora: ellos se entenderán con su conciencia. Al hacerlo habrán visto delante de sí la balanza que tiene en uno de sus platos el ascenso y en otro el verdugo. ¡Mal demonio harto de rábanos!, a mí no me sobornan las charreteras ni me asusta la horca... Cuando mi conciencia me acuse me fusilaré yo mismo. Yo no me someto... Aquí hay mucha, pero mucha inmundicia... Esto da náuseas.
—Somos militares y debemos obediencia al rey —dijo el oficial.
Garrote clavó en él una mirada centelleante; apretó los dientes: la piel verdosa de sus sienes y de su cara vibró como si los tendones y venas fueran alambres sacudidos por la descarga eléctrica.
—¡Obediencia! —exclamó sacando de su volcánico pecho palabras como rugidos—. ¿A quién?... ¡Ah!, señor oficial... yo no obedezco más que a Dios, que fortalece mi brazo y afila mi espada para que defienda su religión santa contra los jacobinos. Yo no obedezco más que a mi conciencia, que me manda no reconocer dueño alguno mientras no se siente en el trono de San Fernando el príncipe elegido por Dios para restablecer los santos principios del gobierno cristiano... Veo que mira usted mis charreteras... ¡Ah!, desde hoy las considero como una deshonra... No puedo servir a dos señores... Fuera de mí, insignias de vilipendio, que me parecéis emblemas de un orden masónico.
Y se arrancó con salvaje fuerza las charreteras. Su mano como una garra tiró tan violentamente, que rasgó el paño de la levita y mostró la camisa en los hombros. Después arrojó contra la pared las insignias, gritando:
—¡Fuera de mí!... No quiero pertenecer a este rebaño de miserables... Desde hoy soy libre, combatiré solo, combatiré por la fe y por el verdadero trono allá en mis benditas montañas donde jamás se conoció la traición.