EL oficial se levantó.

—Nada tengo que hacer aquí —manifestó con desabrimiento, afirmándose el chacó en la cabeza—. Por fortuna, los jefes principales del movimiento conocen lo descabellado y ridículo de sostenerlo más tiempo, y ya han dicho que depondrán las armas.

—Cada cual —dijo Garrote mirando al oficial con desdén— es dueño de meterse en lodo hasta el cuello.

El oficial hizo una profunda reverencia y se retiró. El ruido de sus pasos no se había extinguido en la escalera, cuando Garrote se acercó a la puerta y gritó:

—¡Zugarramundi!

El hombre velludo, tan parecido a un oso pirenaico, apareció en la puerta; era desde antaño feroz satélite y ayudante del furibundo coronel. En las guerras de partidas era su jefe de estado mayor.

—Nos vamos en seguida —le dijo el jefe.

—¿A dónde?

—A nuestra tierra; los aragoneses pueden quedarse en la suya.

—Está bien; ¿y cuándo salimos?