—Dentro de una hora. Paga las cuentas del mesón, dispón los caballos... Si algún catalán de los que están conmigo quiere someterse, le dejas ir en paz... Pero antes...

Zugarramundi, que ya se retiraba, volvió.

—Pero antes —añadió el coronel— le mandas dar veinticinco palos.

—Está bien... ¿Y qué dispones del prisionero?

—¡Ah..., el prisionero!, no me acordaba en este momento. Pues al prisionero...

Se puso a meditar acariciándose la barba.

—Le llevaremos con nosotros. ¿Cuántos carros tenemos?

—Cinco.

—Destina uno para él si no puede andar.

—No puede: la herida que ayer le hicimos cuando quería escaparse por la gatera de San Salomó le tiene un poco marchito. ¿No dijiste que había que fusilarle? Pues dejémosle aquí.